La venganza es un plato que se sirve mejor…¡mojado!

Quiero empezar aclarando que soy una amante total y absoluta de los animales, al igual que defensora activa de la lucha por sus derechos. Por este motivo, lo que comentaré a continuación debe tomarse como una acción seria y responsable de alguien que nunca haría daño a un animal por placer ni por ningún otro motivo. Una vez dicho esto, me alegra decir que… ¡por fin se ha hecho justicia en mi terraza!

Cuando mi gatita Chichi (sí, su nombre es Chichi…¡y a mi qué!) vino a vivir a casa tenía tan solo 2 meses. Esta bola de pelos gris con rayas era una croquetita de amor y ternura; se sentaba en mis piernas, ronrroneaba hasta al aire y venía todas las noches a darme besitos en la nariz. Llegado sus 6 meses de edad, Chichi reclamaba su derecho de poder salir a jugar a la terraza del piso de arriba y con felicidad accedí a su pedido, abriendo por primera vez aquella puerta para la exploración felina de mi querida mascota. Chichi saltaba, jugaba y se sentía cómoda en su nueva adquisición de territorio, así que decidí bajar a acabar de preparar la cena mientras ella seguía con su interpretación de Indiana Jones con bigotes.

No pasaron ni 20 minutos cuando de repente escucho un PUM, CRACK, MIAUUUUUU, GRRRRUAAAUUUUUU… y varios sonidos de tiestos cayendo al suelo. Voy corriendo a investigar la “escena del crimen” y cuando estaba a punto de subir las escaleras para ir a la terraza, veo una bala de pelos grises que volaba disparada hacia el dormitorio. Cuando llego arriba, antes de abrir la puerta el término “escena del crimen” cobró vida, sólo que en vez de presenciar salpicaduras de sangre por las paredes, tenía ante mí un cuadro de Pollock hecho en orina de gato macho; esto lo sé porque gracias a series como Dexter, aprendí a analizar las trayectorias de los fluídos corporales y sabía que por la altura y la inclinación de la asperción, aquel líquido fue liberado desde un órgano reproductor animal masculino, además, por supuesto, de tener la evidencia visual de un gato macho sentado en uno de los tiestos rotos. ¡Vaya gato desgaciado!; ahí lamiéndose las patas con satisfacción luego de haber enseñado a mi gata lo que significa estar al borde de un infarto. Mis estrategias de represalias no fueron buenas, ya que el intruso huyó antes de que pueda acercarme a darle un poco de su propia medicinal, con un buen chorro de agua de la manguera y no con lo que se estarán imaginando, pero desde aquel día juré venganza.


Chichi no volvió a ser la misma, nunca. Desde el incidente del galán del barrio la pobre víctima le tiene miedo hasta a su sombra. Aquel día fue recordado como el momento en que mi gata dejó de ser niña para convertirse en una mujer… bastante paranoica. Pasado el incidente, intenté subir y quedarme con ella en la terraza mientras jugaba, pero el gato, engendro del mismo infierno, no sólo sabía cuando ya no me encontraba en su perímetro de peligro, sino que además se consiguió un compinche de marcha y juntos se dedicaban a comer la hierba de gatos recién plantada, dejar regalos fecales en los tiestos que aún quedaban en pie y, por qué no, intentar montarse a la gata (cualquier similitud con la vida humana es mera coincidencia…¿o no?).

 Antes esto me hacia feliz… hasta que descubrí…
…¡esto!

Tras varios meses de intentos fallidos de manguerear al gato, finalmente había conseguido lo impensable; la posición visual perfecta e inadvertida, el paso de agua abierto a potencia máxima y el gato junto a su compinche, ambos despistados, oliendo el última colaboración sólida que habían hecho a mi naranjo. Este fue el día que tanto el gato, su compadre y yo lo recordaremos como el día D; el día del Diluvio. Mi primera satisfacción mangueral, de jugar al “efecto She-Ra” de pequeña, rodeándome de chorros de agua que caían sobre mi cabeza, fue superada por la primera vez que llevé la moto al tren de lavado en Barcelona, que a su vez fue superada por este momento glorioso en el que vi aterrizar el chorro de agua (en mis recuerdos con efecto de cámara lenta cinematográfica), con un vigor admirable, bastante inusual para el barrio, justo donde el intruso se encontraba escarbando descaradamente. El destino finalmente me sonreía, o mejor dicho se descojonaba de risa conmigo, mientras me despedía del némesis de la terraza y su secuaz con el Requiem de Mozart de banda sonora, adornado de correteadas y maullidos que indicaban el fin de los tiempos de invasión.

Me enorgullece decir que desde aquel día, los gatos foráneos se limitan a dejar sus regalos y deseos corporales en la terraza del vecino de a lado.

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