Vivo en Barcelona pero hoy… me siento neoyorquina

Eran las 8 de la mañana y me encontraba preparando la mochila para ir al trabajo. Esta es la hora del día en la que más echo de menos a mi adorado “Vitarita“, mi Suzuki Vitara… mi primer amor en cuatro ruedas en Paraguay, quien me permitía llevar media casa de ropa, zapatos y misceláneos accesorios deportivos y no tener que preocuparme por lo que me podía haber olvidado en casa y que perjudicaría mi plan del día. Ahora, con “Vespa Von Teese” no puedo hacer milagros, así que he tenido que modificar el concepto de moda que mis tías con tanta dedicación habían creado en mi, con todo su glamour y estilo. Esta mañana, rompiendo con todas las reglas establecidas, decidí ponerme un vestido negro, elegante y vaporoso para lucir bien en la oficina, acompañado de unas bambas y calcetines negros decorados con pequeñas ballenitas azules de miradas traviesas. Mientras miraba este inusual conjunto me puse a pensar en aquellos meses que viví en Nueva York, donde no podía entender esa combinación de indumentaria tan peculiar que llevaban las ejecutivas que bajaban del metro rumbo al trabajo, especialmente viniendo de “Tacónaltolandia”, donde por etiqueta usas zapatos de femme fatale hasta para ir del baño a la cocina.

Cuando ese mismo día volvía andando del supermercado, para mi sorpresa y admiración (y ahora guardo la modestia en mi bolsillo por un segundo) ni la combinación glamo-deportiva, ni el carrito de las compras con estampado de vacas, ni el paquete de 16 rollos de papel higiénico que llevaba como si fuese un bolso de Gucci evitaron la mirada pícara de unos cuantos transeúntes masculinos. 😉

Esto para mí fue una prueba irrefutable de que a veces, más de las necesarias, nos preocupamos por detalles que en un mundo real y extremadamente ocupado, no sólo pasan desapercibidos, sino que ni siquiera se conoce de su existencia. En palabras más simples, dejemos ya de comernos el coco por cosas que no importan y salgamos con el pecho en alto (para nosotras las chicas esto es un GRAN punto a nuestro favor) y recordemos que:

No son tus zapatos, es tu andar.
No es tu vestido sino la gracia con la que caminas.
No es tu pelo sino cómo lo haces bailar con el viento…

Hoy todas somos neoyorquinas. 🙂

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