Moralejas de sobacos olorosos

Ayer, como cualquier otro martes de rutina, fui al gimnasio a recuperar mi paz mental luego de haberme comido la vida y media el fin de semana, por supuesto habiendo aprovechando también el lunes festivo para seguir con estos pecaminosos ejercicios mandibulares.

Fui a la clase de spinning, ajusté la bici y empecé a pedalear. En varios momentos de la clase voy con los ojos cerrados para poder soportar todas esas frecuencias de pedaleos, potencias y cadencias de las que hablan los monitores como si estuviésemos haciendo algo muy distinto a lo que hace un hámster en una rueda, pero en fin…A los 15 minutos de haber empezado la clase, siento que alguien se sienta en la bici de a lado; digo “siento” porque no hacía falta abrir los ojos para notar la presencia pestilente de este hombre sudoroso, que ni bien empezó a pedalear se dedicó a gemir como un mono bonobo sediento de amor carnal. No sólo gemía, sino cuando había una canción que le gustaba se pegaba sacudidas de pelo que formaban estelas de gotas de sudor que se pegaban al pilar, al espejo, a su bici, a la de a lado, haciendo creer que para este chico la palabra “toalla” sea un vocablo perteneciente a una lengua muerta.

Me daba exactamente igual que este hombre decida o no despertar de su fantasía transpirada y decida tener un poco de respeto a sí mismo, pero si hay algo que no puedo soportar en una persona es un sobaco oloroso. Para colmo de males, el chico cogía el manillar de la bici como si le hubiesen reemplazado los brazos por los de un bulldog francés, lo cual dejaba completamente al descubierto sus axilas letales. Entonces, ¿qué podía hacer yo para sobrevivir, sin que esto tuviese que suponer una falta de respeto al chico? No era simplemente ir y decirle “oye, tus sobacos son tan tóxicos que colaboran con el calentamiento global” o “creo que te has confundido de desodorante y has usado la samosa que te dejaste en el baño la noche anterior” … Puedo seguir pero mejor no apalear tanto a la pobre mofeta.

Entonces, esto me llevó a un pensamiento filosófico existencial sobre hasta dónde debíamos soportar las cosas que nos afectaban. ¿Era mejor callar y dejar a los demás mundos alrededor de uno seguir con su curso, tomándolo todo como una prueba a nuestra paciencia y resistencia?… ¿o quizás resulte mejor resaltar nuestra insatisfacción y esperar que la contraparte entienda nuestra disconformidad y cambie su manera de ser?. En este caso en particular, decidí por la opción intermedia, que fue buscar la manera de llamar su atención con un comentario constructivo (realmente constructivo y no sólo engañarlo para conseguir lo que quería), que además de ayudarme a mi a no tener que arrancarme la nariz, también sirva a él de manera positiva. Así que giré hacia mi derecha y con mi dedo índice le toqué el hombro tres veces. Cuando el chico me preguntó qué necesitaba, le dije:

Perdona, pero con la posición que estás teniendo en la bici puedes hacerte mucho daño. Tu cuello podría quedar tieso, tus hombros doloridos sin razón y al final todo este esfuerzo que estás haciendo no te servirá de nada porque no estás ejercitando tus piernas como lo requiere el ejercicio. Tú haz lo que quieras, pero creo que si nos ayudásemos todos un poco más el mundo sería un poco mejor, ¿no te parece?

… y una sonrisa siguió al comentario. Yo estaba bastante orgullosa de cómo lo había dicho. El chico me agradeció por la ayuda, sonrió, bajó los brazos, relajó el cuello y pedaleó acorde al ejercicio del día…. POR TRES MINUTOS! Tres miserables minutos que cuando se fueron dejaron la puerta abierta dejando entrar de nuevo al hedor de esa herejía axilar. ¿Fui egoísta al pensar en mi salud nasal primero? ¿Fue el chico quien decidió darme una lección? Nunca lo sabré, y honestamente tampoco dejaré de dormir por las noches por encontrar la respuesta.

De esta experiencia he podido sacar varias conclusiones:

1. No siempre es mejor callar que decir lo que pensamos… o viceversa.

2. Lo que decimos a los demás no siempre cambiará o revolucionará el mundo.

3. Tenemos que estar preparados para no recibir la respuesta que esperamos cuando comentamos nuestras inquietudes.

4. Hay males peores que unos sobacos olorosos.

5. No hace falta que el mundo esté siempre perfecto, porque lo que no nos mata nos hace más fuertes 🙂

Seguramente habrá otra gente que pueda sacar conclusiones más elaboradas, pero yo opto por la experiencia prácticas y sencillas de mi universo personal. Si alguien puede sacar provecho de esto, ¡pues aún mucho mejor! Sino, siempre están los clásicos griegos 😉

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2 pensamientos en “Moralejas de sobacos olorosos

  1. Espectacular !!!!!! jajajajjaj Sabes cuantas veces te toca gente al lado, que no solo tiene el sobaco con olor a empanada putrefacta, sino que su aliento parece salido de una pelicula de terror en 3D y no entendes si sus pies estuvieron en su trasero o viceversa ?? Ufffff……. Yo no tengo reparos en decirles: cierra las alas…..aun no despegamos !!!!! Que asco !!!!!

    Buen relato……

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